Miércoles, 31 Enero 2018 00:00

Un balazo le quebró al doctor Asuaje el plan de irse de Venezuela por temor a la inseguridad

 
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Asuaje era barqusimetano. Comenzó a estudiar el posgrado de anestesiología en el hospital Uyapar en 2007 Asuaje era barqusimetano. Comenzó a estudiar el posgrado de anestesiología en el hospital Uyapar en 2007 FOTOS CORTESÍA MARISOL DÍAZ

Un mes después del asesinato del médico Pablo Asuaje, su esposa y colega, Marisol Díaz, rememora el momento en el que un disparo le desmoronó la vida entera y, sobre todo, lamenta lo que perdió la sociedad guayanesa y el país por la criminalidad desatada y la impunidad.

@marcosdavidv

A las 4:30 de la madrugada del 1 de enero de 2017, el médico anestesiólogo Pablo Asuaje despertó sobresaltado. Despertó también a su esposa y colega, Marisol Díaz. Que ella recuerde ahora, un mes después, era la primera vez que lo hacía: “Pablo respetaba mucho el sueño de la gente”.

Lo que le dijo entonces (las palabras exactas, el tono, la hondura y, sobre todo, la pomposidad de la frase) no deja de perturbarla desde entonces: “Mamá, tengo una angustia existencial, muy grande”.

Mamá. Papá. Eran esos los motes de la pareja: “mamá” le decía Pablo a ella. “Papá” le decía Marisol a él. Esa madrugada no fue la excepción. Y cuando Pablo la despertó diciéndole que tengo esta angustia, mamá, ella le respondió que se acostara de nuevo. Pero él ripostó: “Siento como cuando alguien tiene un cáncer terminal y va a morir”. Ella, en broma, le puso el punto final al asunto: “Te vas a morir pero de los golpes que te voy a dar. Vamos a dormir”.

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Asuaje gustaba de practicar deportes en su tiempo libre.
 

El recuerdo de la escena le taladra la tranquilidad: la búsqueda de la tranquilidad, mejor dicho. La tranquilidad para Marisol se ha convertido ahora en una misión de vida. Porque la tranquilidad se la quitaron un mes hace. La tranquilidad. La felicidad. El sosiego. La certidumbre. Todo de un tajo: de un balazo. Del balazo con el que hace un mes al doctor Pablo Asuaje lo mataron en Campo B. Delante de Marisol y de sus hijos.

Fue de casualidad que Pablo y Marisol se conocieron en 2007, un día en el que ella, en ese momento con dos años de graduada, iba a presentar el examen para residentes asistenciales en el Hospital Uyapar. Pero algo pasó: ese examen había sido hacía tres días. Tenía dos opciones: presentar el del posgrado de Anestesia, que sí era ese día, o esperar un año al próximo de residentes asistenciales. Presentó el de anestesia, aprobó y comenzó a estudiar.

Allí conoció a un médico de Barquisimeto, también cursante del posgrado. “Lo ayudaba: él vivía en el mismo hospital, en el Uyapar, porque era de procedencia lejana y lo dejaron quedarse allí. Yo cocinaba y le llevaba comida. Nos empezamos a conocer”.

No solo estaban equilibrados en los estudios: ambos estaban separándose de sus respectivas parejas. Ambos tenían dos hijos. Y ambos querían recomenzarlo todo. Luego de algunos traspiés y de la mudanza definitiva de Pablo a Ciudad Guayana, comenzaron su vida conjunta.

Pablo fue consolidando su nombre en el gremio local. Y la pareja trabajó, siempre y desde su profesión, en una suerte de alianza tácita que no necesitó contratos ni acuerdos. La vida en conjunto cuajó sin sobresaltos.

“Los planes futuros se dividen en dos etapas: hasta antes del 20 de diciembre queríamos esperar que abriera el quirófano de la fundación (Lala, en donde ambos prestaban servicios). Vivíamos tranquilos: trabajábamos en equipo. Él era coordinador docente de la fundación. Pero después del 20 de diciembre él estaba muy angustiado y lo único que me decía era que él se quería ir del país”, recuerda Marisol.

Tanta era la angustia de Pablo que actuó: solicitó una entrevista de trabajo en Perú. Se comunicaron con él y lo convocaron para la entrevista. De hecho, el 3 de enero se iban del país.

Marisol habla en su escritorio en Fundación Lala. Muestra los correos electrónicos que le enviaba Pablo. En uno del 28 de diciembre él le escribió: “Otro logro. Te lo dedico”. Era el certificado de un curso a distancia: “Tratamiento del dolor crónico”.

“La motivación para eso fue su mamá, que murió de cáncer. Era desesperante que su mamá lloraba del dolor y nada de lo que teníamos a la mano podía calmar su dolor. Murió en agosto de 2015. Inmediatamente metió los papeles en el Hospital de Clínicas Caracas para el curso de ampliación de Medicina del dolor. Después de que terminó, pasaba la consulta de dolor y a los pacientes con cáncer no les cobraba. Decía que veía reflejada a su mamá. En esos pacientes”.

Entonces busca en Youtube una canción: Volver a creer, interpretada por José José. Pablo se la dedicó el 31 de diciembre.

También revisa las fotos viejas. Hay una que la perturba tanto como el recuerdo del sobresalto de la madrugada del 1 de enero: es una foto de mayo, en la que, delante de una tanqueta de la Guardia Nacional, Pablo Asuaje sostiene un cartel: “Nuestro estetoscopio está de luto”. Era la época del auge de las protesta contra la dictadura de Nicolás Maduro. Y Pablo protestaba por el asesinato de un futuro colega suyo que se llamaba Augusto Puga, el joven sanfeliceño estudiante de Medicina que cayó emboscado por la bala de un policía en el Decanato de la UDO Bolívar.

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En mayo, Asuaje protestó contra el asesinato del estudiante de Medicina Augusto Puga.
 

Siete meses después, Pablo también cayó. Horas después del sobresalto de la madrugada del 1 de enero, de haber desayunado el pernil recalentado que había preparado Marisol para la fiesta de año nuevo y de jugar siete partidas de dominó en la primera tarde del año.

Lo que recuerda Marisol es que luego de esa tarde en casa de un primo regresaron a la casa de su mamá, en Campo B, para buscar al hijo menor de ella. La hora la tiene plasmada en la memoria: 6:55 pm.

Ensayemos la reconstrucción de la escena: Pablo estaciona en la carrera La Habana para esperar al hijo de Marisol. Ella se baja y, cuando regresa, ve un carro que viene velozmente hacia ellos y de él se baja un hombre que apunta a su hijo y a su sobrina. Marisol se monta en el carro y Pablo, al ver el atraco, acelera y frena cerca, muy cerca del atracador. “Lo pudo atropellar, pero él no tenía instinto asesino”.

El atracador, entonces, disparó dos veces. Un balazo impactó el corazón de Pablo. Marisol lo supo cuando escuchó: “Mamá, ese coño de madre me dio un tiro”.

Cuando le dispararon, Pablo se desmayó en frente del volante. Con el pie inerte pisó el acelerador. La hija de Marisol, que iba en el puesto de copiloto, maniobró el volante y chocó contra el paredón de una casa cercana.

Lo llevaron a la clínica Familia. En el camino, Marisol lo mantuvo vivo con reanimación cardiopulmonar.

“Cuando llegué no había más que un traumatólogo y un gineco obstetra. Cuando llegó el cirujano ya teníamos 35 minutos reanimándolo. El doctor decidió llevarlo a quirófano pero ya había perdido mucha sangre. Para que se salvara tenía que estar un cirujano de tórax esperándolo con un bisturí en la mano y seis bolsas de sangre”.

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Pablo murió en la misma clínica en la que murió su mamá hacía un año y medio. La misma clínica en la que recibió el año 2018 y en la que le dijo a Marisol que este era un año de cambios.

El día siguiente, Marisol estuvo en el Cicpc (Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas). Al frente tuvo a Edixon Manuel Padrón Guerra, de 26 años. Tanto ella como sus dos hijos lo identificaron: era el hombre que disparó.

“Fue horrible. Tenía miedo al acercarme a la ventanilla de reconocimiento. Lo veía y era igualito. Todo, de verdad, fue horrible”, resume.

¿Confía en la justicia? No. Sabe que Padrón Guerra salió de la cárcel en septiembre. Y cree que puede salir de nuevo. El gremio médico ha protestado para que el caso no se diluya entre burocracia y corrupción: Ciudad Guayana, dicen los médicos, perdió a un hombre muy valioso.

La prioridad para ella, ahora, es que sus dos hijos se vayan de Venezuela. Las dos hijas de Pablo ya están afuera. Pero Marisol no quiere irse. Dice que Pabló está en Puerto Ordaz, y que se queda con él.

“No quiero que se queden mis hijos. Este país está cada día más perdido y con todos los valores deteriorados”, resume. Le espera la reconstrucción de su vida, nada menos: la vida que un balazo destrozó el 1 de enero, dos días antes de que ambos se fueran del país, un plan que Pablo Asuaje tenía para evitar que fueran víctimas de la delincuencia.

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